Celso y Encarni, a punto de
casarse y profundamente enamorados, y como en todas las parejas, siempre uno
más que otro, decidieron hacer una boda ibicenca.
—Es lo que se lleva ahora. —dijeron
ambos a sus respectivas familias, cada uno por separado.
La familia de Celso, una familia
de bien y de una gran posición económica y de mejor consideración social puso
el grito en el cielo.
—Mi
hijo no es un cualquiera. —gritaba
ante su hijo—. Siempre has tenido lo mejor, lo hayas pedido o no; y
ahora no va a ser menos».
La familia de la novia, tampoco
vio con buenos ojos semejante disparate.
—Aunque seamos de familia humilde, por
ahí no pasamos. Esa gente es muy rara. ¡Hay que ver, con lo que te quería el
hijo de Manolo, el del bar!
Cuando
se reunieron ambas familias por primera vez para hacer las presentaciones y
acordar los pormenores de la boda, los principales personajes del enlace se
convirtieron en personajes secundarios; ambas familias tenían que dejar clara
su postura y no ceder ante la otra familia en nada, daba igual lo que fuera.
Los
consuegros se reunieron a parte; hay cosas de hombres que no les incumbe a las
mujeres.
—¿Fuma
usted don…?
—Miguel
Ángel. Me llamo Miguel Ángel. Alguna vez.
—¡Tome!
¡Un Montecristo nº4!
Las
consuegras, por otro lado, también tenían que hablar de cosas de mujeres que…,
como cabía esperar, tampoco les incumbe a los hombres, dijo Piluca, la madre
del doncel.
Encarni
madre desde la distancia clavaba los ojos a ‘su niño’ porque estas cosas no se le
hacen a una madre.
—¿A
quién se le ocurre querer casarse con una donnadie ‘sin clase’, gusto ni estilo?
—pensaba la doliente madre de su futura nuera.
También lo pensaba de la que iba a ser su nueva familia política, pero ya se
sabe: este tipo de mujeres piensan mucho y mucho rato; y como los pistoleros de
las películas del oeste, guardaba una bala en la recámara.
—Encarni,
yo soy una mujer que está muy bien considerada en mi sociedad. Quiero decir que
para la boda de mi hijo no puede haber medias tintas; quiero lo mejor de lo
mejor. ¡Ah!, y…, ¡cueste lo que cueste! Me entiende, ¿verdad? Quiero que todos
mis invitados, los mil novecientos ochenta y cinco, queden completamente
satisfechos y encantados con todos los detalles de la boda. No puedo consentir
que nada ni nadie arruine ‘mi boda’. Me imagino que usted también quiere lo
mismo para sus quince invitados, ¿no es así?

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