jueves, 8 de julio de 2021

Cuando las bromas se van de las manos

N.U.L. (17)

Jesús Peñas siempre fue un tipo guasón, buen contador de chistes y amigo de las bromas, sobre todo de las bromas ajenas.

Cuando estaba en quinto curso de primaria, no se le ocurrió otra cosa al mozo que despedirse de su profesora Engracia con una de sus habituales bromas. Era el último día de clase antes de las vacaciones de verano; y tenía preparada, como suelen hacer los falleros valenciano, una buena traca final: Metió un ratón en el bolso de la esmerada docente. Fue una broma pesada, a todas luces, porque ella tenía fobia a los ratones; lo que empezó siendo una broma pesada para echarse unas risas se convirtió en un drama. No temía a las represalias, pues ya no le podrían castigar.

Cuando pasó a secundaria, más de lo mismo. Un día que fue expulsado de clase junto a su amigo Chele y de camino al despacho del jefe de estudios, el señor Bustamante, se detuvo para coger un extintor de incendio colgado en una de las paredes que daba a un patio interior de tres plantas con sendos corredores alrededor de las mismas. Desde la última planta y aparato en mano, apretó la palanca de disparo del mismo para descubrir cómo una nube fina de polvillo blanco de dispersaba por todo el hueco interior del recinto para caer con un movimiento de fina lluvia e inundándolo todo y cubriendo la superficie cual nevada. El mozo estuvo un mes suspendido de asistencia a las clases.

Cuando tuvo que responder ante la patria y acudir a la prestación del servicio militar todo tenía que cambiar, pero no. A eso de llevar un mes en el cuartel y después de haber hecho dos maniobras se sabía todas; y se escaqueaba de sus obligaciones como el que más. Una tarde, cuando el resto de los compañeros estaban en la cantina, se hizo acompañar de Jaime para que este vigilara mientras él hacía la «petaca». Un descuido con el cigarrillo provocó que se prendieran las sábanas. Dio comienzo a un incendio que no pudo controlar y que se propagó por el resto de camas. Él y Jaime salieron corriendo para que no les relacionaran con el atentado. Toda la compañía estuvo arrestada durante tres meses. La broma ya estaba hecha. Allí en la mili aprendió un oficio como ebanista. Profesión a la que más tarde se dedicaría tras terminar la milicia.

Cuando se registró como autónomo en el oficio de la ebanistería tampoco dejó de bromear y reírse con las cacharradas que hacía a todos los que con él se topaban. Un mal día lo tiene cualquiera. Hay días que no se tienen ganas de trabajar, pero es lo que tiene ser adulto, que tengas ganas o no debes responder en el trabajo.

Una sierra en funcionamiento y medir mal las distancias entre su mano y la mencionada sierra acabó con la amputación de todos los dedos de la mano derecha.

Cuando fueron a verle sus amigos, familiares y compañeros, alguien le preguntó con cara compungida:

—¿Y ahora qué vas a hacer, Jesús?

—Pues rascarme los huevos con la izquierda. —dijo el carpintero con una gran carcajada.


CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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