N.U.L. (17)
Jesús
Peñas siempre fue un tipo guasón, buen contador de chistes y amigo de las
bromas, sobre todo de las bromas ajenas.
Cuando
estaba en quinto curso de primaria, no se le ocurrió otra cosa al mozo que
despedirse de su profesora Engracia con una de sus habituales bromas. Era el
último día de clase antes de las vacaciones de verano; y tenía preparada, como
suelen hacer los falleros valenciano, una buena traca final: Metió un ratón en
el bolso de la esmerada docente. Fue una broma pesada, a todas luces, porque
ella tenía fobia a los ratones; lo que empezó siendo una broma pesada para
echarse unas risas se convirtió en un drama. No temía a las represalias, pues
ya no le podrían castigar.
Cuando
pasó a secundaria, más de lo mismo. Un día que fue expulsado de clase junto a
su amigo Chele y de camino al despacho del jefe de estudios, el señor Bustamante,
se detuvo para coger un extintor de incendio colgado en una de las paredes que
daba a un patio interior de tres plantas con sendos corredores alrededor de las
mismas. Desde la última planta y aparato en mano, apretó la palanca de disparo
del mismo para descubrir cómo una nube fina de polvillo blanco de dispersaba
por todo el hueco interior del recinto para caer con un movimiento de fina
lluvia e inundándolo todo y cubriendo la superficie cual nevada. El mozo estuvo
un mes suspendido de asistencia a las clases.
Cuando
tuvo que responder ante la patria y acudir a la prestación del servicio militar
todo tenía que cambiar, pero no. A eso de llevar un mes en el cuartel y después
de haber hecho dos maniobras se sabía todas; y se escaqueaba de sus
obligaciones como el que más. Una tarde, cuando el resto de los compañeros
estaban en la cantina, se hizo acompañar de Jaime para que este vigilara
mientras él hacía la «petaca». Un descuido con el cigarrillo provocó que se prendieran las
sábanas. Dio comienzo a un incendio que no pudo controlar y que se propagó por
el resto de camas. Él y Jaime salieron corriendo para que no les relacionaran
con el atentado. Toda la compañía estuvo arrestada durante tres meses. La broma
ya estaba hecha. Allí en la mili aprendió un oficio como ebanista. Profesión a
la que más tarde se dedicaría tras terminar la milicia.
Cuando se registró como autónomo en el oficio de la
ebanistería tampoco dejó de bromear y reírse con las cacharradas que hacía a todos
los que con él se topaban. Un mal día lo tiene cualquiera. Hay días que no se
tienen ganas de trabajar, pero es lo que tiene ser adulto, que tengas ganas o
no debes responder en el trabajo.
Una sierra en funcionamiento y medir mal las distancias entre
su mano y la mencionada sierra acabó con la amputación de todos los dedos de la
mano derecha.
Cuando fueron a verle sus amigos, familiares y compañeros,
alguien le preguntó con cara compungida:
—¿Y ahora qué vas a hacer, Jesús?
—Pues rascarme los huevos con la izquierda. —dijo el carpintero
con una gran carcajada.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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