martes, 6 de julio de 2021

Muerte por espada

N.U.L. (15)

José Hervás, Manuel Hervás, Isaac Hervás, Tobías Hervás y Galeno Mejías, de la estirpe más afamada del gremio de espaderos de la imperial ciudad de Toledo vivían por y para el trabajo. Eso era lo que les había inculcado desde aprendices y a la tierna edad de ocho años, el patriarca del clan de los Hervás. Galeno era hijo de su mujer, la cual quedó viuda a los seis meses de su himeneo, dando a luz al hijo póstumo de Efrén Mejías, anterior dueño del taller espadero.

María, la madre del clan y sufridora mujer de un oportunista embaucador que vio la oportunidad de medrar con un negocio montado, no vio venir al ‘lobo con piel de cordero’ que un día se presentó en su puerta para ofrecerla su ayuda. En tan solo una semana se la ganó, entre otras, con la promesa de desposarla y hacerse cargo de la criatura que estaba en camino. Cuando Galeno nació ya era demasiado tarde; ya se había quitado la careta el monstruo que convivía con ella y a la cual culpaba de la más mínima cuita que se le plantease. Para relajarse sacaba a bailar una vara de avellano que tenía arrinconada tras el portón de la calle. Las heridas que le podía hacer a la mujer se multiplicaban con el roce de las ropas que trataban de ocultar su pecado. Cuando los niños alcanzaron la edad de aguantar un sopapo, la ira, que el ‘buen hombre’ albergaba, la repartía por partes iguales, quedando, a veces, exhausto.

Un día, Antonio, un esclavo negro propiedad de la familia, murió de un mal golpe en la cabeza trabajando en el taller. Cuando llegó el galeno, solo pudo certificar la muerte del joven y pedir al lacrimoso amo que tuvieran cuidado con la maquinaria; y le propuso algo así como implantar un ‘protocolo de protección de riesgos laborales’ si no quería perder su propia vida o la de sus hijos. Esa misma noche, José dijo a sus hermanos que no había sido un accidente y que vio con sus ojos como su propio padre fue el culpable de la muerte de Antonio.

A los dos meses hubo otra muerte en el taller. Esta vez se trataba de Galeno. Si el monstruo nunca mostró ningún tipo de cariño, afecto o simpatía por ninguno de sus hijos, ¿qué le obligaba a tenerlo por Galeno? Nada. Es más, le detestaba, aun siendo el motivo de su prosperidad en la ciudad del Tajo. Esa tarde, después de enterrar el cuerpo de Galeno y camino de casa, José pidió a su padre que les dispensara de seguir laborando en el negocio familiar; la pérdida era irreparable y se sentían destrozados por perder a su hermano.

—¡Padre!, si no es faltarle al respeto, mis hermanos y yo desearíamos que nos dispensara para honrar a nuestro hermano recordándole en el luto interior de casa.

—Lo primero, que no era tu hermano; y lo segundo, que solo los muertos tienen derecho a descansar.

CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.


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