Irene
Sánchez, secretaria del registro civil de Málaga, soltera desde su nacimiento y
sin compromiso que cumplir que subsane dicha situación, es una mujer obstinada
donde las haya, reservada, prudente, siempre ha sido minuciosa en su trabajo,
nunca ha salido ni un segundo antes de su puesto, siempre puntual, nunca dejando
de ser productiva por un instante ya que no fuma y por tanto en su jornada laboral rindiendo al máximo, siempre saliendo
más tarde de lo que indica su contrato con la administración, ni un solo día de
baja, nunca ausente de su puesto a pesar de los treinta minutos concedidos para
el almuerzo, en resumidas cuentas, una joya de la administración del Estado.
Irenita,
como la llamaba Don Faustino —su superior desde hacía más veinticinco años y a punto
de jubilarse—, quien instruyó de los pormenores del trabajo al que iba a ser su
sucesor, Don Cayetano, un joven talentoso que aprobó la oposición a la edad de
veintitrés años; y que desde entonces, hace diez, hasta ahora, su vida laboral
ha sido una carrera vertiginosa para ir a ocupar el cargo de Director
Provincial del Registro. Don Faustino, también le dio algún que otro consejo
sobre cómo comportarse con sus subalternos; y las virtudes y defectos de estos.
En
la fiesta de despedida a Don Faustino no faltó ni un compañero. Todo fueron
buenas palabras, felicitaciones, enhorabuenas, palabras de admiración y loas
hacia el trabajo de jubilado y trabajadores en activo. La fiesta se prolongó hasta
bien entrada la madrugada. Don Faustino y Don Cayetano no se separaron en
ningún momento, gesto que no pasó desapercibido para la infalible secretaria,
quien a lo largo de la noche experimentó ciertos sentimientos de atracción
física y sexual al que ahora iba a ser su nuevo jefe. Seguramente que eso junto
con alguna que otra copita también influyera en el morbo de hacer un acercamiento
al nuevo macho alfa de la manada. La desinhibición que le proporcionó el
alcohol hizo que cruzase bastantes palabras con Don Cayetano.
Irenita
creyó ver en el apuesto y joven dirigente ciertos rasgos tagalos que creía
poder compartir con él y así se lo hizo saber:
—Parece
usted bastante joven para este puesto, no digo que no valga; si está… —dijo
Irene.
—¡Usted
cree?
—Parece
un hombre muy apuesto. No lo parece, lo es. Seguro que ha tenido que quitarse a
las mujeres de encima como a las moscas, ¿no?
—¡Usted
cree?
—Parece
que tiene ciertos rasgos… No sé cómo definirlos… ¿Tagalos? ¿Tiene usted familia
filipina por casualidad?
—¡Usted
cree?
—¡Jo!
¡Qué aburrido! ¿No sabe decir otra cosa?
—Saber,
sé, pero créame que no le gustaría comprobarlo.
—Pruebe
a ver.
—Pues…
parece que usted es muyyy tonta.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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