N.U.L. (13)
Álex
Díez siempre fue un tipo avispado. Ya desde chaval despuntaba: vendía los
paquetes de clínex a un euro cuando tan solo le costaban cinco céntimos. Así
pudo costearse sus gastos sin tener que esperar a la paga semanal que puntual recibía
cada sábado. Se podría decir que Alejandro fue un tipo precoz desde la cuna:
con solo nueve meses se saltaba la cuna salvando la barrera que le protegía,
con ocho meses era capaz de gatear a una velocidad de record y
mantenerse de pie, aprendió a leer con cuatro años, a tocar el piano con cinco,
consiguió acortar su estancia en primaria y en secundaria agracias a su sobredotación
intelectual, ingresó en la Universidad con quince años y terminó la carrera con
dieciocho, a los diecinueve aprobó una oposición, fue plusmarquista nacional de
los cien metros lisos, probó suerte como piloto de rallies y ganó
diferentes carreras importantes, pero su vida estaba incompleta; sentía un
vacío dentro de sí que no sabía explicar. Y fue viendo la televisión cuando
creyó encontrar la respuesta a eso le que faltaba, a esa parte vacía que había
en su interior: quedó hipnotizado por la presencia de ese presentador de moda
(que solo duro dos veranos). Lo veía claro, muy claro: acababa de decidir ser
presentador del telediario o de un magazine de televisión, aunque tuviera que
dejar su asentada plaza de funcionario, no importaba; hay que perseguir los
sueños, dicen algunos eslóganes que cuelgan de las tiendas de moda y souvenirs.
Tras
tres años de estudio vertiginoso, se licenció en ‘Ciencias de la Información’.
Dos años más tarde ya presentaba algún que otro espacio dentro programas que
eran como ‘los ojos del Guadiana’, aparecían y desaparecían de la parrilla
televisiva en un santiamén. El programa desapareció y se olvidó el público de
él muy rápidamente. De lo que no se olvidaron fue de su presencia ante las
cámaras; era un animal televisivo que ‘daba muy bien en pantalla’. Los
directivos de la cadena no pasaron desapercibida la brillantez del joven ante
los medios y, en una decisión más que polémica, hicieron que debutara en el
telediario de las nueve de la noche, apartando a un carismático y legendario
presentador de toda la vida. Los espectadores tomaron a bien esta decisión
directiva y fue muy aplaudida por los seguidores del telediario.
Con lo
que no contaba la cadena era con la nevada de tamaño catastrófico denominada Philomena.
La decisión de los jefes fue conectar con los respectivos presentadores desde
casa para poder hacer, en la medida de lo posible, viable la continuidad de la
programación televisiva. Uno de los que se ofreció de inmediato fue Álex. No
solo tendría que presentar, como había venido haciendo en los últimos cuatro
meses, el telediario, sino que además tenía que hacerse cargo de conducir un
magazine matinal.
La
celeridad y rapidez con la que el joven lo hacía todo, no pasaron desapercibidas
para los espectadores, compañeros y directivos de la cadena. Los twits, whatsapps
y demás mensajes multimedia se convirtieron en virales: «¡Mira debajo de la mesa!», decían y reenviaban los remitentes. Fue la última vez
que Alejandro presentó nada. No se puede presentar la televisión en pantalones
cortos desde tu casa. ¡Qué escándalo!
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS

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