N.U.L. (23)
Milagrosa
Benítez quedó viuda a temprana edad y quedó desamparada con tres hijos en a
vida. Ángel Diosdado, divorciado y con un hijo al que no trataba, conoció a
Milagrosa en un baile. Y más que un flechazo, entre ellos surgió un hachazo o
un lancerazo o un bolsazo. Digo bolsazo, porque en el baile en el que se
conocieron, ella en el primer baile que concedió al galán, le arreó un bolsazo
cuando trató de propasarse al ir bajando la mano por su espalda lentamente para
tocar aquella parte corporal que en una ternera equivaldría al redondo, contra,
tapa o tapilla.
No volvieron a
verse hasta pasados unos meses. Él, tras informarse de donde vivía Milagrosa,
se presentó en la casa de esta para presentarle sus disculpas con un ramo de
flores. Ramo que ella siempre desconoció su procedencia, ya que el galán lo
recogió de la basura de un tanatorio, le quitó la banda de texto y algunas
flores mustias y ¡hala!, reciclado.
Varios meses
más tarde y tras formalizar su relación, decidieron unirse, no en santo
matrimonio, pero sí en improvisado matrimonio, al principio más carnal, pero
finalmente más humanitario. Humanitario en el sentido de que ambos se hacían
bien mutuo: ella le dio una familia; y él, aportó una estabilidad económica a
la economía familiar que tanto necesitaba ella y sus hijos.
Milagrosa dejó
de trabajar para ocuparse de su nuevo hombre. Ella ignoraba la profesión del
buen hombre. Tarde o temprano todo se sabe y ella conoció que este regentaba un
puticlub que lindaba con los terrenos del tanatorio donde consiguió el famosos
ramo de flores pacificador.
Todas las
madrugadas a eso de las cuatro o seis, él llegaba a casa con la recaudación del
garito nocturno que regentaba. Sin contar la recaudación y con el cuerpo molido
por la falta de sueño, según entraba en casa dejaba los billetes dentro de una
figura de porcelana de un ‘sanpancracio’ que la santa Milagrosa tenía en el
mueble de la entrada. Esta una mañana se percató que la figura se ladeaba
extrañamente. Cuando la levantó, ¡bingo!, descubrió la pasta que laboraba el
señor con nocturnidad. Ella sin comentar nada a Ángel fue sisando todos los
días algo del suculento botín que arribaba a su casa con oscura y nocturna
periodicidad. Esto se produjo durante años y años y años hasta que una
madrugada que Ángel se levanto a hacer micción, pilló a Milagrosa con el santo
en la mano, cual estatua de la Libertad.
—¿Qué
haces, Milagrosa?
—Eso
mismo, Ángel, ¡un milagro!, ¡un milagro! San Pancracio ha oído mis plegarias y
mira lo que me ha dado.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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