N.U.L. (22)
Don Manuel
Galván hacía muchos (muchísimos) años que había dejado atrás su formación
eclesiástica. Ya casi había olvidado aquellas primeras etapas del propedéutico
y la etapa discipular. En su formación no le habían preparado para la enseñanza
del evangelio a un grupo de chavales rebeldes y hormonados.
Cuando, a
primeros de los años ochenta, le propusieron impartir la asignatura de Religión
a un grupo de alumnos que cursaban formación profesional en la desaparecida
escuela de aprendices de la Fábrica de armas de Toledo, no era consciente de la
paciencia que debería acarrear y de la prueba a la que el Altísimo le ponía.
Si muchas veces
los chavales no ven ningún interés en el estudio, imagínese el lector, ¿cuál puede ser la predisposición de un grupo de jóvenes un viernes a última hora de las clases?,
ninguna.
Entró Don
Manuel, como siempre acostumbraba en clase, despojándose a medio camino ya de
abrigo, bufanda y demás prendas de abrigo y dando la consiguiente orden para que
sus discípulos, que le aguardaban de pie durante su entrada mostrando el
respeto debido, se sentaran.
A los cinco
minutos de iniciada la clase, el representante de Dios oye unos golpes de
origen desconocido y a los que atribuye una procedencia que debía ser la puerta, a su juzgar. Tras dar permiso para que la abrieran por tres veces y no tener
respuesta alguna, se levantó de mala gana para abrir el mismo. No había nadie.
Pasado otros cinco minutos, se vuelve a producir la misma llamada y él sin contestar
acude raudo a la puerta para comprobar que tampoco hay nadie. Surgen las primeras
risitas, cuando a él lo que le surgía era la duda de cierta paranoia. Paranoia
que le lleva a preguntar a sus pupilos si ellos también lo habían oído.
Pasados otros cinco
minutos y ya con el oído agudizado determina que la procedencia de los golpes
es de un armario corrido de catorce metros que ocupa todo el lateral izquierdo
del aula. Abre la puerta para comprobar que allí se encontra el autor de la
fechoría, a quién saca de una oreja del mismo para conducir hasta la puerta de
la calle y pedirle que acuda al jefe de estudios para, imaginemos, que este determinar
qué sanción le corresponde por la ‘bromita’.
Pasado otros
cinco minutos, de nuevo los golpecitos de antes. Se lanza como un tigre hacia
la presa y en menos de un segundo llega a la puerta del armario. Pero, le
parece todo tan confuso; cómo era posible que se reprodujeran de nuevo los
golpes si ya había descubierto al ‘joven delincuente’ y puesto a buen recaudo.
Abre la puerta para descubrir que no hay nadie, la cierra y, nuevamente, al
cabo de un par de minutos vuelve a escuchar los golpes. Entonces, se vuelve
medio loco y empieza a abrir las diferentes puertas con las que contaba el
armario. Abre una, y nada; abre una segunda, y tampoco; así hasta abrir una
cuarta, y comprobar al percutor de los mencionados golpecitos, a quien saca de
la oreja y lleva en volandas hasta la puerta dando este pequeñas pataditas en el
aire en busca de una tierra firme que sus pies no encontraban.
—¡Esto es inaudito! ¡Dios no te
perdonará jamás, pecador! La puerta del Cielo te será vedada y no se te abrirá
nunca, ya me encargaré yo de que así sea, ¡hijo de Satán!
—Pero padre, yo no tengo la culpa,
a mí me han encerrado esos y no encontraba ninguna puerta abierta de la esclusa.
—Para Dios no hay escusas.
CARLOS
BUSTAMANTE BURGOS.

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