sábado, 10 de julio de 2021

A solas con Darwin

N.U.L. (21)

     Daniela, con tan solo seis años, ya era una niña muy pizpireta y avispada. La típica niña que lo sabe todo y presume de ello. Su madre, Gloria, tuvo mucho que ver en el pronto despertar al conocimiento y a la vida de la pequeña. La instruyó en mil y una cosas, le compraba mil y un cuentos; y más que sobreestimularla, la sobreexcitó. Ya en tercer curso de educación infantil, una orientadora la diagnosticó como T.D.A.H., en cristiano: que era una niña muy inquieta. Para sus padres era una niña peculiar. En realidad, toda la familia era peculiar.

     Manolo, su padre, tenía la costumbre de ir al baño a hacer sus necesidades acompañado del periódico de turno. En el acto íntimo era capaz de leer medio diario ya que el buen hombre se tomaba su tiempo en completar dicho menester, rondando la media hora larga.

     Gloria, también tenía un ritual muy parecido, pero cambiaba de compañías, cambiaba el diario por la revista del corazón. Gloria no tardaba tanto como su marido, pero tenía otras costumbres que acompañaba a su liturgia: se encerraba con ayuda de un pestillo con el que contaba el pomo de la puerta.

     Ambas costumbres no pasaron desapercibidas a la pequeña e ‘inquieta’ Daniela; y si la famosa orientadora del centro hubiera sido conocedora de las costumbres y rituales familiares, hubiera dicho que Daniela había aprendido de sus progenitores por acomodación ambiental.

     Una tarde, que la pequeña tenía ganas de hacer sus necesidades más íntimas y habiendo heredado las mismas dificultades astringentes de sus padres, cargada con un libro de Charles Darwin sobre la evolución humana, El origen de las especies, una lectura poco o nada infantil.

     Media hora más tarde cuando la criatura se dispuso a salir del baño no pudo abrir la puerta; el pestillo que había echado, ahora no podía quitarlo. En un principio, la pequeña se puso a forcejear con la puerta, para más tarde llamar a voces a su madre. Esta acudió de inmediato y viendo que no podía abrir la puerta, llamó a Manolo, quien hizo las mismas operaciones que su señora. Este viendo que no podía, echó mano del teléfono para contratar de inmediato a un cerrajero veinticuatro horas. Durante todo este tiempo, las palabras de ánimo y de aliento hacia su hija se reprodujeron repetidamente para que la niña estuviera calmada y no perdiera la tranquilidad en ningún momento.

     Tras tres horas de dilatada espera en el interior del aseo se puso fin al encierro de la pequeña. Una vez liberada la heredera los padres recompusieron el semblante y con cierto malestar y enfado hacia la pequeña tornaron en recriminación las anteriores palabras de ánimo.

—Hemos tenido que llamar a un cerrajero, quien ha tenido que romper la puerta del baño para sacarte, nos hemos gastado más de cien euros en pagarle, ahora tendremos que comprar una puerta nueva, hemos estado más de tres horas preocupados por lo que te pudiera pasar dentro, nos has hecho perder los nervios… ¿Qué has aprendido hoy?

—Que según Darwin, los individuos menos adaptados al medio ambiente tienen menos probabilidades de sobrevivir.

     CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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