N.U.L. (21)
Daniela,
con tan solo seis años, ya era una niña muy pizpireta y avispada. La típica
niña que lo sabe todo y presume de ello. Su madre, Gloria, tuvo mucho que ver
en el pronto despertar al conocimiento y a la vida de la pequeña. La instruyó
en mil y una cosas, le compraba mil y un cuentos; y más que sobreestimularla,
la sobreexcitó. Ya en tercer curso de educación infantil, una orientadora la
diagnosticó como T.D.A.H., en cristiano: que era una niña muy inquieta. Para
sus padres era una niña peculiar. En realidad, toda la familia era peculiar.
Manolo,
su padre, tenía la costumbre de ir al baño a hacer sus necesidades acompañado
del periódico de turno. En el acto íntimo era capaz de leer medio diario ya que
el buen hombre se tomaba su tiempo en completar dicho menester, rondando la
media hora larga.
Gloria,
también tenía un ritual muy parecido, pero cambiaba de compañías, cambiaba el
diario por la revista del corazón. Gloria no tardaba tanto como su marido, pero
tenía otras costumbres que acompañaba a su liturgia: se encerraba con ayuda de
un pestillo con el que contaba el pomo de la puerta.
Ambas
costumbres no pasaron desapercibidas a la pequeña e ‘inquieta’ Daniela; y si la
famosa orientadora del centro hubiera sido conocedora de las costumbres y
rituales familiares, hubiera dicho que Daniela había aprendido de sus
progenitores por acomodación ambiental.
Una
tarde, que la pequeña tenía ganas de hacer sus necesidades más íntimas y
habiendo heredado las mismas dificultades astringentes de sus padres, cargada
con un libro de Charles Darwin sobre la evolución humana, El origen de las
especies, una lectura poco o nada infantil.
Media
hora más tarde cuando la criatura se dispuso a salir del baño no pudo abrir la
puerta; el pestillo que había echado, ahora no podía quitarlo. En un principio,
la pequeña se puso a forcejear con la puerta, para más tarde llamar a voces a
su madre. Esta acudió de inmediato y viendo que no podía abrir la puerta, llamó
a Manolo, quien hizo las mismas operaciones que su señora. Este viendo que no
podía, echó mano del teléfono para contratar de inmediato a un cerrajero veinticuatro
horas. Durante todo este tiempo, las palabras de ánimo y de aliento hacia su
hija se reprodujeron repetidamente para que la niña estuviera calmada y no
perdiera la tranquilidad en ningún momento.
Tras
tres horas de dilatada espera en el interior del aseo se puso fin al encierro
de la pequeña. Una vez liberada la heredera los padres recompusieron el
semblante y con cierto malestar y enfado hacia la pequeña tornaron en
recriminación las anteriores palabras de ánimo.
—Hemos
tenido que llamar a un cerrajero, quien ha tenido que romper la puerta del baño
para sacarte, nos hemos gastado más de cien euros en pagarle, ahora tendremos
que comprar una puerta nueva, hemos estado más de tres horas preocupados por lo
que te pudiera pasar dentro, nos has hecho perder los nervios… ¿Qué has
aprendido hoy?
—Que
según Darwin, los individuos menos
adaptados al medio ambiente tienen menos probabilidades de sobrevivir.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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