viernes, 9 de julio de 2021

El cazador cazado

       N.U.L. (19)

     Don Hipólito Ramírez de Maeztu, notario afamado de la capital, fue invitado por el Marqués de Maqueda a una cacería que iba a tener lugar el mismo día que se levantaba la veda (A esta clase de personas no les gusta esperar). El Marqués le dijo que podía traer un invitado, si tenía algún compromiso, amistad o familiar, siempre y cuando lo estimase oportuno.

      Don Hipólito, que en un primer momento no pensó en nadie e iba a asistir solo a la cita, un día antes del encuentro cinegético, le propuso a un muy buen cliente que lo acompañase. Quería agasajarlo para sacar cierto rédito a una amistad que quería forzar con él.

     El cliente de Don Hipólito, Segundino Sánchez García, era un nuevo rico sexagenario, a quien le cambió la vida de la noche a la mañana. Y digo bien, de la noche a la mañana, ya que, debido a sus problemas para conciliar el sueño, se decidió por comprobar los resultados de la lotería primitiva y ¡bingo! Noventa y cuatro millones de euros. Eran casi las tres de la madrugada y él, el único acertante de la primera categoría. Segundino, un hombre con pocos modales, algo rudo y con muchos años de penurias y trabajos físicos molientes sobre sus espaldas, cargando y descargando sacos, creyó que su benefactor era el ángel que había esperado toda la vida.

     El día de autos y después de haberse sorteado los puestos de caza, Segundino tras los pasos de Don Hipólito quedó sorprendido por una serie de cerca de cien disparos que procedían del puesto del Marqués. No esperaba que los tiros empezaran tan pronto, al menos hasta que no estuvieran en su puesto. Al pobre hombre casi le dio un infarto, pero para nada quería molestar a su benefactor notarial con sus problemas de salud.

     Don Hipólito, que no pronunciaba ni una palabra y había quedado enmudecido desde que iniciaron la caminatas hasta el puesto asignado (algo que parece ser habitual en las cacerías para no espantar a las piezas), recriminó a su invitado cuando este piso una rama y la partió.

—¡Shhh! Tiene que mirar bien por donde pisa. Los animales tienen el oído muy fino y al menor ruido se esconden y no salen.

     Una vez en el puesto y tras media hora de incómoda espera, Segundino bostezó. Don Hipólito le volvió a recriminar, pero no por la falta de educación.

—¡Shhh! Tiene que tener cuidado. Los animales tienen el oído muy fino y al menor ruido se esconden y no salen.

     Tiempo después, el ex cargador de pesos pesados con unas ganas inmensas de peerse no pudo aguantarse y el notario, con cara de pocos amigos y con el ceño fruncido, volvió a repetirle:

—¡Por favor! Ya sabe: los animales…

—¡Sí, sí! ¡Perdone! Le pido mil perdones.

     Tres horas de sufrida espera más tarde, Don Hipólito no llegaba a comprender nada.

—No lo entiendo. —dijo el notario—. Es la primera vez que sucede esto. No entiendo por qué no ha asomado la cabeza ni un solo bicho.

     El ignorante, pero asquerosamente rico, de Segundino sentenció:

—Si los animales también tienen infarto, llevan muertos tres horas. Ahora, va y le recrimina al Marqués.

 

     CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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