N.U.L. (19)
Don Hipólito Ramírez de Maeztu, notario afamado de la
capital, fue invitado por el Marqués de Maqueda a una cacería que iba a tener
lugar el mismo día que se levantaba la veda (A esta clase de personas no les
gusta esperar). El Marqués le dijo que podía traer un invitado, si tenía algún
compromiso, amistad o familiar, siempre y cuando lo estimase oportuno.
Don Hipólito, que en un primer momento no pensó en nadie e
iba a asistir solo a la cita, un día antes del encuentro cinegético, le propuso
a un muy buen cliente que lo acompañase. Quería agasajarlo para sacar cierto
rédito a una amistad que quería forzar con él.
El cliente de Don Hipólito, Segundino Sánchez García, era un
nuevo rico sexagenario, a quien le cambió la vida de la noche a la mañana. Y
digo bien, de la noche a la mañana, ya que, debido a sus problemas para
conciliar el sueño, se decidió por comprobar los resultados de la lotería
primitiva y ¡bingo! Noventa y cuatro millones de euros. Eran casi las tres de
la madrugada y él, el único acertante de la primera categoría. Segundino, un
hombre con pocos modales, algo rudo y con muchos años de penurias y trabajos
físicos molientes sobre sus espaldas, cargando y descargando sacos, creyó que
su benefactor era el ángel que había esperado toda la vida.
El día de autos y después de haberse sorteado los puestos de
caza, Segundino tras los pasos de Don Hipólito quedó sorprendido por una serie
de cerca de cien disparos que procedían del puesto del Marqués. No esperaba que
los tiros empezaran tan pronto, al menos hasta que no estuvieran en su puesto.
Al pobre hombre casi le dio un infarto, pero para nada quería molestar a su
benefactor notarial con sus problemas de salud.
Don Hipólito, que no pronunciaba ni una palabra y había
quedado enmudecido desde que iniciaron la caminatas hasta el puesto asignado (algo
que parece ser habitual en las cacerías para no espantar a las piezas),
recriminó a su invitado cuando este piso una rama y la partió.
—¡Shhh!
Tiene que mirar bien por donde pisa. Los animales tienen el oído muy fino y al
menor ruido se esconden y no salen.
Una vez en el puesto y tras media hora de incómoda espera,
Segundino bostezó. Don Hipólito le volvió a recriminar, pero no por la falta de
educación.
—¡Shhh!
Tiene que tener cuidado. Los animales tienen el oído muy fino y al menor ruido
se esconden y no salen.
Tiempo después, el ex cargador de pesos pesados con unas ganas
inmensas de peerse no pudo aguantarse y el notario, con cara de pocos amigos y con
el ceño fruncido, volvió a repetirle:
—¡Por
favor! Ya sabe: los animales…
—¡Sí, sí!
¡Perdone! Le pido mil perdones.
Tres horas de sufrida espera más tarde, Don Hipólito no
llegaba a comprender nada.
—No lo
entiendo. —dijo el notario—. Es la primera vez que sucede
esto. No entiendo por qué no ha asomado la cabeza ni un solo bicho.
El ignorante, pero asquerosamente rico, de Segundino sentenció:
—Si los
animales también tienen infarto, llevan muertos tres horas. Ahora, va y le
recrimina al Marqués.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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