N.U.L. (24)
Cesárea Jaén,
viuda y con cinco criaturas, mendigaba cualquier mendrugo de pan, cualquier peladura
de patata o hueso recocido para poder volver a hacer un falso cocido de nada; y así, tener algo que sus hijos se llevasen a la boca.
A su hija mayor
la metió en una casa a servir cuando la criatura contaba con once años de edad.
Solo el sustento y un techo caliente donde vivir, siempre sería más que
sobrevivir de las dádivas ninguneadas y limosnas. Algunos familiares, y a
escondidas le podían dar, dentro de su también carestía, que si un cuartillo de
leche que luego mezclando con agua haría multiplicar por cuatro, cinco o seis
su volumen; que si un trozo de mojama de caballo, siempre compitiendo en dureza
con el tronco mismo de los árboles; que si algo de ropa de los hijos de sus benefactores que ya
no contaban con hermanos menores quiénes pudieran heredarlo; y así un largo etcétera de siempre pequeñas
cantidades que la buena de Cesárea agradecía, aunque en su fuero interno
supiera que las ayudas que recibía pudieran ser mayores, pero, ¡claro, nunca
hay que poner mala cara al que te da algo, aunque sea algo que le sobre o ya no
quiera. En tiempo de posguerra a nadie le sobraba anda. También hubiera sido
injusta juzgándolos por regatear un dedo o dos de cantidades o volúmenes en las
comidas; y más si tuviera en mente que algunos viejos vecinos o amigos no
querían verse relacionados con la ‘Cesi’, la mujer del Pedro ‘el rojo’, al que fusilaron
en el paredón del cementerio. El temor es libre y después de una guerra, la
libertad del temor es muy grande. Tal vez, sea la única libertad que se
acrecienta entre miles de muertos.
La ‘Cesi’
también pudo colocar a dos sus hijos varones como pastorcillos; y al igual que su
hermana mayor, solo a cambio de un techo y algo que llevarse a la boca. Lo de
techo es un decir, pues tenían que hacer noche al raso durante medio año. El
otro medio año, lo hacían junto a los animalitos en el establo para que nunca
desapareciese ningún corderito por arte de magia.
A la bebé, la
perdió una noche en la que, supuestamente, le llegó la muerte súbita y en la cual, la madre no pudo hacer nada porque se la encontró a la mañana siguiente muerta a
su lado con esa cara que ponen los bebés que, aunque estén muertos no lo
parecen del todo. La madre no quiso aceptar ese destino, negándose una y otra vez a
aceptar la realidad. Una realidad a la que tuvo que hacer frente la única hija
que le quedaba viviendo con ella, para ir corriendo, con solo cuatro añitos, al convento de las monjas y explicar lo que
había sucedido en su casa.
A la niña la
enterraron en el cementerio intramuros del convento; y a Cesi la convencieron
para que su hija la pequeña se quedase con ellas, ya que harían de ella una
mujer de provecho (a su entender, una monja es la mujer más de provecho a la
que pudiera optar Cesárea para una de sus hijas). Cesi, aunque nunca dijo ni sí
ni no, se vio de vuelta a casa sin la compañía de hija o hijo alguno. Sabía que
cuando llegara casa, el silencio la mataría más que el hambre y la pena.
Al pasar por el
lado de unos paisanos, oyó decir a uno:
—¿No es esta la mujer del puto
rojo al que pegaron un tiro? A ti también, te tenían que haber pegado otro,
sucia ramera.
A lo que ella
respondió:
—Si tienes huevos, pégamelo tú; y así, a
los dos se nos cumplirán nuestros deseos.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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