jueves, 15 de julio de 2021

Todos los hombres son iguales











N.U.L. (27)

    Elvira Fernández siempre fue una niña muy avanzada para su edad: la primera de su clase en aprender a leer; la primera, en tener la menstruación; y la primera, en tener novio. Edu fue su primer novio o su primer 'amigo' o su primer ligue o lo que fuera, a esa edad en la que por inercia de las hormonas o de la sociedad, que medio empuja a que sigamos los pasos que nuestros antecesores ya dieron. A Edu le siguió Javi; a Javi, Fer; a este, Javi dos; y así, un largo etcétera de hombrecitos que le duraron 'lo que dura dos cubitos de hielo en un whisky on the rock'.

    Con Marcelo, su actual novio, ha sido diferente. Tras seis meses de relación, ella ha creído ver en él al hombre de su vida. Un hombre y no un hombrecillo, un hombre que sabe escucharla, un hombre que está atento, siempre, a ella, que es muy maduro, que trabaja y tiene dinero para invitarle a cenar, al cine, a la disco...

    Ella quiere dar un paso más en su relación y ha decidido presentárselo a sus padres. Estos han accedido y le han invitado a comer. ¿Por qué a comer y no a merendar? Podría entenderse que la comida es más formal y la merienda, informal, pero, no, la verdad es que una comida es una ‘encerrona’; debido a su duración, los progenitores de Elvira podrán disparar a diestro y siniestro mil y una preguntas.

    Llegado el día de autos y con la complacencia del joven novio; y sentados a la mesa, don José Fernández pregunta al joven:

    —Marcelo, Marcelo..., ya decía yo que me sonaba tu nombre. ¿No eres tú el hijo de Marcelo el de la tienda de reparación de televisores?

    —Sí, señor.

    —Marcelo ayuda a su padre, trabaja con él y tiene su propio sueldo —dice la orgullosa novia.

    —Eso está muy bien —responde el inquisidor padre de la novia.

    —Estoy ahorrando para comprar un coche.

    — Entonces, ¿ya tienes carnet?

    —Estoy ahorrando también para él.

    —Me imagino que primero te tendrás que sacar el carnet.

    —Sí, señor, pero eso es fácil. Hay que ser muy tonto para no sacárselo. Todo el mundo tiene carnet.

    —Yo aprobé a la séptima. ¿No querrás decir con ello que yo soy tonto?

    En ese momento, Marcelo quería que la Tierra se lo tragara, pero solo estábamos ante el aperitivo.

    —Creo haberte visto por el barrio o con tu padre —dijo don José.

  —Sí, yo también creo que le he visto anteriormente —dijo Marcelo queriendo mostrar complicidad con su futuro suegro.

    —Si mal no recuerdo, creo que te vi con una chica... (espero no meter la pata). ¿Cuánto tiempo lleváis juntos? Me imagino que era tu novia anterior.

    — Papá, no me gusta esto; parece un interrogatorio.

    —Deja al muchacho, Pepe; es verdad, parece un interrogatorio. —alegó también la sufridora esposa.

    —Tenéis razón —sopesó don José en ese momento.

    — Me imagino que era mi hermana, señor.

    Esta respuesta no le gustó al ‘suegro’. Hubiera preferido sinceridad o un simple silencio. Entonces, se encendió —No sé yo; a mí me parecía otra cosa.

    —¡Pepe! —vuelve de nuevo a recriminarle su esposa.

    —No pasa nada, señora.

    —Sí pasa, que te vi con otra tercera chica. —dijo José, casi colérico— Eso es lo que pasa... que no me gusta que nadie se ría de mi hija. ¿Lo vas a negar?

    —No, no lo voy a negar —dijo Marcelo harto del interrogatorio— y creo que lo mejor es que me vaya.

    Sin decir nada más, salió de la casa, sin mirar atrás y sin decir nada a Elvira, quién no sabía si odiar más a su padre o a su novio. Como buena dama medieval se retiró a sus aposentos a llorar la pena en soledad. Soledad que más tarde fue rota por su madre.

    A la hora de la cena, Elvira, sin apetito y sin ganas compartir su presencia con la familia, se dejó arrastrar al comedor para acompañar, por mandato paterno, como siempre a todos en una comida que sobraba al día. Los días posteriores, a Elvira, también le sobraron; y le sobraron las comidas; se le cerró el estómago porque no le entraba nada de comida. Tan solo emitió una pregunta a su padre, algo que llevaba mascullando toda la tarde:

    —¿Cómo lo sabías?

    —No lo sabía.

    —¿Lo adivinaste?

    —No, simplemente que todos los hombres son iguales.



    CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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