N.U.L. (26)
Anthony
Mcdermott fue nombrado secretario de Salud por Ulysses S. Grant, décimo
octavo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, gracias a Henry Wilson.
De
Ulysses S. Grant podríamos decir muchas cosas: que estuvo en España, que fue
mano derecha del mismo Lincoln, que derrotó al General Lee, que potenció la
expansión del ferrocarril hacia el oeste; y es concretamente ahí donde empiezan
sus males. El oeste y el ferrocarril supusieron lo peor de su carrera.
El ferrocarril destapó la gran corrupción que sacudió a su gabinete y en la que
se vio inmersa su familia. La expansión del ferrocarril se desarrollaba hacia
el oeste y fue en el oeste donde Henry Wilson conoció a un doctor que le salvó
la vida, se trataba de Anthony Mcdermott, un reputado y reclamado doctor por
buscadores de oro, entre el grueso de su clientela.
De Wilson,
vicepresidente nombrado por S. Grant, solo vamos a decir que arribó al oeste
con el mandato presidencial de establecer puntos de mando en los nuevos
territorios conquistados, que conoció a su ‘Ángel Salvador’, Anthony Mcdermott,
quién gracias a su pericia, experimentación y cientos de medicamentos que el
mismo llegó a patentar le devolvió la vida de la noche a la mañana. Mucho se
rumoreó de que pudo haber sido envenenado por el defenestrado antecesor suyo,
Schuyler Colfax.
Cuando
Wilson llegó a Washington e informó al presidente de lo acontecido, este hizo
mandar que trajeran a la Casa Blanca al reputadísimo doctor con la inexcusable
orden de que se presentará ante él a la mayor brevedad posible. Unos oficiales
de la confianza de Ulysses S. Grant, con los que despachó en cientos de
ocasiones durante la guerra, fueron los encargados de la presidencial orden.
El uno de
octubre de mil ochocientos setenta y cuatro hacía su entrada el señor Mcdermott
en los jardines de la Casa Blanca en carruaje oficial. A los pies de las
escalinatas le esperaban presidente y vicepresidente, quien le abrazó como si
de un hermano se tratara. Ya en el despacho oval y sin la mirada del personal
doméstico ni administrativo, Ulysses se sinceró con él:
-El
motivo de su presencia aquí, no es otro que agradecerle lo que hizo por mi fiel
amigo Henry; si no fuera por usted ninguno de los tres estaríamos ahora aquí
reunidos. He indagado sobre su figura y persona; y créame, si su docta
preparación no se hubiera materializado, nada ni nadie más que usted podía haber
salvado al bueno de Wilson.
-Me
alaga, presidente, pero yo solo hice lo único que sé hacer.
-Por eso
está aquí. No puede rehusar la propuesta que le voy a hacer: quiero que sea el
próximo secretario de Salud de los Estados Unidos de Norteamérica. ¿Qué me dice?
-Que es
todo un orgullo y que espero no defraudarle.
Ocho
meses más tarde, la defraudación se materializó; resultó que Mr. Mcdermott
nunca había sido médico. Se trataba de un farsante ambulante que se ganaba la
vida en el oeste vendiendo falsas pócimas que lo mismo valían para curar la tos,
que para hacer crecer el pelo o que para curar la dermatitis.
También
ejerció de sacerdote católico, de abogado y de notario. Viviendo siempre una
vida falsa.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

No hay comentarios:
Publicar un comentario