miércoles, 14 de julio de 2021

Me halaga, presidente

           N.U.L. (26) 

         Anthony Mcdermott fue nombrado secretario de Salud por Ulysses S. Grant, décimo octavo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, gracias a Henry Wilson.

De Ulysses S. Grant podríamos decir muchas cosas: que estuvo en España, que fue mano derecha del mismo Lincoln, que derrotó al General Lee, que potenció la expansión del ferrocarril hacia el oeste; y es concretamente ahí donde empiezan sus males. El oeste y el ferrocarril supusieron lo peor de su carrera. El ferrocarril destapó la gran corrupción que sacudió a su gabinete y en la que se vio inmersa su familia. La expansión del ferrocarril se desarrollaba hacia el oeste y fue en el oeste donde Henry Wilson conoció a un doctor que le salvó la vida, se trataba de Anthony Mcdermott, un reputado y reclamado doctor por buscadores de oro, entre el grueso de su clientela.

De Wilson, vicepresidente nombrado por S. Grant, solo vamos a decir que arribó al oeste con el mandato presidencial de establecer puntos de mando en los nuevos territorios conquistados, que conoció a su ‘Ángel Salvador’, Anthony Mcdermott, quién gracias a su pericia, experimentación y cientos de medicamentos que el mismo llegó a patentar le devolvió la vida de la noche a la mañana. Mucho se rumoreó de que pudo haber sido envenenado por el defenestrado antecesor suyo, Schuyler Colfax.

Cuando Wilson llegó a Washington e informó al presidente de lo acontecido, este hizo mandar que trajeran a la Casa Blanca al reputadísimo doctor con la inexcusable orden de que se presentará ante él a la mayor brevedad posible. Unos oficiales de la confianza de Ulysses S. Grant, con los que despachó en cientos de ocasiones durante la guerra, fueron los encargados de la presidencial orden.

El uno de octubre de mil ochocientos setenta y cuatro hacía su entrada el señor Mcdermott en los jardines de la Casa Blanca en carruaje oficial. A los pies de las escalinatas le esperaban presidente y vicepresidente, quien le abrazó como si de un hermano se tratara. Ya en el despacho oval y sin la mirada del personal doméstico ni administrativo, Ulysses se sinceró con él:

-El motivo de su presencia aquí, no es otro que agradecerle lo que hizo por mi fiel amigo Henry; si no fuera por usted ninguno de los tres estaríamos ahora aquí reunidos. He indagado sobre su figura y persona; y créame, si su docta preparación no se hubiera materializado, nada ni nadie más que usted podía haber salvado al bueno de Wilson.

-Me alaga, presidente, pero yo solo hice lo único que sé hacer.

-Por eso está aquí. No puede rehusar la propuesta que le voy a hacer: quiero que sea el próximo secretario de Salud de los Estados Unidos de Norteamérica. ¿Qué me dice?

-Que es todo un orgullo y que espero no defraudarle.

Ocho meses más tarde, la defraudación se materializó; resultó que Mr. Mcdermott nunca había sido médico. Se trataba de un farsante ambulante que se ganaba la vida en el oeste vendiendo falsas pócimas que lo mismo valían para curar la tos, que para hacer crecer el pelo o que para curar la dermatitis.

     También ejerció de sacerdote católico, de abogado y de notario. Viviendo siempre una vida falsa. 


     CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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