N.U.L. (28)
Cuando Pocholo Fernández de Guevara y Tita de Sanz
Nicolás decidieron formalizar su relación tras más de un año de noviazgo semi
escondido. Noviazgo del que solo eran conocedores los amigos más
allegados de la pareja y algún que otro empleado avispado de la empresa
vitivinícola Fernández & Domecq. Tita comenzó a trabajar en la empresa un
mes antes de que su jefe, el joven Pocholo, cayendo rendido a los encantos de
esta, le invitará a tomar algo. A esta invitación le sucedieron otras tantas
hasta que un buen día le invitó a cenar. Ella, que en un principio puso cierto
reparo, terminó aceptando, y aceptó porque a ella, su joven jefe le gustaba
tanto como ella a él.
Don Pablo Fernández dispuso que su hijo
primogénito, Pocholo, aprendiese el oficio del padre desde una de las marcas
menos arriesgadas para el holding de la alimentación. La empresa en la que el
vástago se hace a sí mismo como empresario se dedica a los zumos, mostos,
gazpachos, salmorejos y demás caldos veraniegos. La marca fue una propuesta del
propio Pocholo hacia su padre, quién con buenos ojos vio y aceptó la idea.
Pensó que era la mejor prueba para un hijo que el día de mañana será el
heredero principal del emporio.
Todos los movimientos que el joven Pocho ha dado
en su vida, siempre estuvieron previamente orquestados por el pantocrator
don Pablo. Todos, excepto los de su clandestina relación con una simple
auxiliar administrativo, la misma Tita.
Cuando la parejita quiso dar a conocer dicha
relación a sus respectivas familias, Tita fue la primera y la más ilusionada.
Su familia expectante, al principio, y orgullosa, más tarde, por el meteórico
ascenso social que dicha relación podría suponer para todos y cada uno de los
miembros de la familia, decidieron tirar la casa por la ventana. Cualquier cosa
era poca para su niña. Esta, que con el tiempo llegaría a ser toda una señora y
no tendría que limpiar en su vida como su madre, fue sorprendida por sus
propios padres que, dilapidando en medio mes los pocos o muchos ahorros de toda
su vida, compraron, aunque a plazos un coche nuevo, y para dar buena impresión
creyeron que con un Audi bastaría; cambiaron de residencia, malvendiendo su
antiguo piso de toda la vida para comprar un adosado con el que dar la mejor de
las caras a sus futuros consuegros; renovaron por completo su vestuario
dejándose asesorar por un personal shopper que les costó un ojo de la
cara, ya que su tarjeta de presentación venía abanderada por ciertos nombres
famosos como David Beckham o Penélope Cruz...
El joven jefe por su parte, no encontrando modo de
sincerarse con sus progenitores para contarles la buena nueva, demoró hasta
tres semanas lo que a Tita le llevó tres segundos.
La tarde noche que fijaron los novios para que
ambas familias se conocieran, fueron los Sanz Nicolás los que en un alarde de
derroche y saber estar tiraron la casa por la ventana contratando con toda
pompa un catering con servicio de dos camareros que estarían toda la velada
paseando bandejas con copas de vino y refrescos y otras con diferentes tipos de
canapés que Catering Torres les propuso. A don Javier Sanz que no quiso pecar
de roñoso sacó unas bolsas de cacahuetes, pistachos y un tarro de aceitunas: «mejor que sobre, que no que falte». —dijo el padre de la novia para sus adentros, además que lo
había comprado en el Corte inglés.
La velada fue maravillosa. A ello también acompaño
la contratación por parte de los Sanz de un cuarteto de cuerda que hizo las
delicias de la madre de Pocholo. La despedida estuvo llena de buenas palabras y
halagos por parte de ambas familias.
Cuando Pocholo y familia terminaron de montar en
el coche, la madre del joven delfín sentenció: ¡Qué poca clase!
Una familia que pone aceitunas con pipos no nos
interesa, cariño.
A lo que el marido añadió —¿Has oído a tu
madre?, Pues no hay más que hablar.
CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

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